Daniel Peres en Perú

        Suena el despertador. Son las cinco menos veinte de la mañana. Hoy toca hacer seguimiento en campo junto al coordinador del proyecto. Estoy en Lircay, Perú, a unos tres grados bajo cero. No tengo apenas tiempo para desayunar, y prácticamente con el estómago vacío me subo en un todoterreno y pongo rumbo a la Comunidad de Tupac Amaru. Me cuentan en el trayecto que el famoso rapero Tupac se llama así por el nombre de esta comunidad. “Nunca es tarde para aprender cosas”, me digo. En el coche viaja mi coordinador, David; el conductor, Milton; y un técnico quechuaparlante que viene en calidad de traductor, Epifanio.

            La historia de Epifanio es bien curiosa. Dejando a un lado el hecho de que, a pesar de sus 60 años, sube los cerros siete veces más rápido que yo y sin ahogarse, me cuenta que el líder del movimiento Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, el conocido como la Cuarta Espada del Socialismo, fue su profesor en la Universidad; además, me cuenta la anécdota de que ha sido secuestrado en tres ocasiones durante la etapa del gobierno de Fujimori. En concreto, me dice que ha sido secuestrado por senderistas, por soldados del ejército oficialista y por miembros de las milicias campesinas. En todas las ocasiones logró salvar la vida, me comenta mientras se ríe. A decir verdad, me sorprende la facilidad con la que me relata aquellos hechos. Debe ser cosa de la cultura peruana el no tener miedo de hablar del pasado, a diferencia de lo que ocurre en España. Le digo que, dada su situación, debe de considerar que todos los actores de aquel “conflicto” actuaron mal; pero me argumenta que fue el Estado quien llevó a cabo las peores masacres, y que en eso no hay discusión posible.

            La ruta es abrupta. Los vaivenes del todoterreno me recuerdan a la atracción de la hoya que ponen en la feria veraniega de mi pueblo, esa especie de cachivache que revolea a seres humanos a ritmo de reggaetón. Mientras Epifanio duerme plácidamente como si los saltos del coche no fueran con él, charlo con David y Milton sobre las condiciones de vida de las comunidades. Me comentan que la vida por estos sitios es difícil, y que la mayor parte de la población que vive en esta zona está olvidada por el Estado. Todavía tengo muchos prejuicios en mi cabeza, pero pronto serán contrastados con la realidad pura y dura que soportan estas familias.

            Nos dirigimos hacia la primera casa de las veinticinco que tenemos programado visitar. Nuestra tarea consiste en hacer un seguimiento para medir el grado de implementación de unos baños ecológicos que llevan instalados más de un año. Al tiempo que vamos subiendo por unos caminos pedregosos, rodeados de árboles que jamás en vida había visto y con el pulmón derecho en trance hacia el más allá, me cuenta David la historia de aquella vez que haciendo seguimiento, justo como ahora, se apoyó en un piedra poco estable que se deslizó ladera abajo. La cosa es que estaban descendiendo, y Epifanio se encontraba, como siempre, más adelantado. Por eso, David gritó lo más fuerte que pudo, pues según sus cálculos la enorme piedra asesina iba directa hacia el bueno de Epi. Así, segundos antes del impacto, Epifanio se dio la vuelta y consiguió esquivar la muerte con un movimiento digno del mejor de los ninjas. “Una vez más”, debió pensar. A medida que avanza el diálogo, voy comprendiendo los riesgos que entraña el oficio de cooperante. Es para pensárselo.

            Hablamos con la gente de la comunidad, nos relatan sus inquietudes y les preguntamos acerca del uso de los baños ecológicos. El sistema es repetitivo. Vamos casa por casa con un cuestionario, echamos un vistazo, preguntamos y nos vamos. Parecemos de Hacienda. Lo más duro: los viajes. Entre comunidad y comunidad hay rutas de más de una hora y media, y no rutas precisamente plácidas, sino rutas en las que el mismísimo Fernando Alonso tendría problemas para tomar las curvas. Pero Epifanio es capaz de dormirse como un bebé entre trayecto y trayecto. Este hombre me cae genial.

            No os quiero aburrir con todos los detalles técnicos de cada visita. Pero si os diré que, a pesar de lo dura que es la vida en aquellas alturas (en algunos casos, viven a más de 5.000 metros), del frío, de la escasa comida, de la ausencia de servicios básicos y de lo melancólica que puede llegar a ser la vida, los niños son felices, sonríen y están aprendiendo que ducharse todos los días es vital. Les admiro. Se duchan con agua fría porque han aprendido en el colegio que ducharse todos los días es muy importante, y no les importa. A mí me sigue costando el no poder ducharme con mi agua caliente de Granada. En ese sentido, hay un contraste entre generaciones. Los mayores no se duchan muy a menudo, ya sea por hábito o por dejadez. Pero los niños, siempre sabios, vislumbran un futuro mejor y, lo más importante, son conscientes de ese cambio. Ellos, y no otros, son los agentes de transformación que necesita toda sociedad. Con ellos, y una apuesta decidida por la educación, incluso en el peor de los escenarios se puede apreciar un rayo de esperanza.

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