Javi desde Marruecos

Aprendiendo de los más valientes

Por Javier Cid

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Dos meses en Marruecos trabajando como cooperante para desarrollar dos diagnósticos me han servido para ver la necesidad de cambio que necesita experimentar este país. Uno de los diagnósticos que estamos realizando es con población subsahariana para realizar un proyecto de ayuda humanitaria. Hemos entrevistado una veintena de personas que están en su ruta migratoria. Se encuentran en la última parada, la más difícil, cruzar el estrecho o bien sobrepasar las concertinas y las tres vallas que los separan de Europa, destino de todos ellos y ellas en un primer momento.

Me encuentro en país vecino al español y que, sin embargo, en muchas cosas está tan alejado. Muchas personas saben sobre nosotros, se sienten cercanos e incluso muchos tienen vínculos familiares con personas en España. Se quieren sentir europeos y, sin embargo, no se sienten africanos. Y no es que ese sentimiento sea malo en sí mismo, sino más bien lo que comporta. Lo que comporta es el racismo por parte de algunas personas. Como no se quieren sentir africanos, desprecian a todas las personas subsaharianas que están aquí intentando buscarse una vida mejor y tratando de ir a Europa.

Marruecos es un país bisagra, pero también lo es cada vez más de acogida de personas migrantes. Sin embargo es una situación que no se acepta por parte de los gobernantes ni de alguna parte de la población. Los gobernantes se aprovechan de la falta de alfabetización y de educación de buena parte de la población –un 38% de personas mayores de 15 años son analfabetas en Marruecos en el año 2015 según la ANLCA– para manipular su pensamiento y hacerles creer que los “azzi” como llaman aquí a los subsaharianos, son inferiores y merecen ser despreciados.

La policía los trata como tal. Todos los días hay redadas en los barrios tangerinos de Boukhalef y Mesnana, habitados en su mayoría por migrantes ilegales que viven en lo que se suele conocer como “pisos patera”, que huelga decir que están en condiciones deplorables. Entran a las casas sin previo aviso, los detienen y los llevan al sur del país, a Tiznit, la última ciudad antes del Sáhara Occidental. Y, ¿por qué? Pues aquí es donde entra la Unión Europea y España, en concreto. No interesa que los inmigrantes estén en Tánger o Tetuán, las ciudades frontera para pasar a Europa, así que, aunque no hayan hecho nada, les arrancan de sus casas, les quitan lo poco que tienen y les dejan sin dinero y, en muchas ocasiones sin móvil, perdidos en un lugar que ni ellos conocen.

Todos vuelven a Tánger porque tienen su vida y sus contactos ahí. Han salido de sus casas para acercar a sus familias una vida mejor y, como dicen ellos, no se pueden permitir volver con las manos vacías. Imagínense por un momento que ustedes salen de su hogar, con el poco dinero que tienen sus familias. Todo lo ahorrado lo confían en el viaje que creen que les dará frutos en el futuro porque esas son las noticias que les llegan. Los pocos que vuelven lo hacen con las manos llenas y los que no, mienten sobre su situación por vergüenza a decir que han sido engañados por mafias y perdido todo el dinero y se encuentran atrapados aquí en Marruecos o en otros países.

Son personas –en su mayoría hombres– que lo han dejado todo. Han dejado a sus familias, sus trabajos y su vida en su país natal para tratar de buscar una vida mejor para él y todos los suyos en Europa. Me he encontrado de todo durante estos dos meses. Desde abogados, pasando por ingenieras informáticas, transportistas, un boxeador o incluso un cazador de cocodrilos. Personas normales, algunos huyen de guerras y conflictos en sus países –los que vienen de Costa de Marfil, República Centroafricana, Nigeria o el norte de Camerún emigran de su país por temor a la muerte en el conflicto– y otros son migrantes económicos, pero todos tienen en común conseguir una vida mejor. Son personas con historias de vida muy duras, muchas han perdido familiares por el camino, la mayoría han sufrido algún tipo de violencia ya sea psicológica –casi todas– como física y también sexual.

La policía marroquí actúa con total impunidad ante ellos y eso hace que la población se sienta con potestad para hacerlo también. Hay mucho trabajo que hacer con buena parte de la población para que se conciencien de que son personas iguales que ellos. Que el color de piel o el lugar de nacimiento no es determinante para el trato hacia otra persona.

He visto el miedo, la tristeza, la desesperación, la soledad, la desconsolación y la pena dibujada en las caras de las personas a las que hemos entrevistado. Me han llenado de rabia, de lágrimas, de impotencia por no poder ayudarles como hubiera querido, por ver situaciones injustas pero también he vivido la alegría de compartir un rato con nosotros y sentirse bien y eso es lo que me ha dado fuerzas para continuar con este diagnóstico y con este trabajo. Sus historias y sus vidas me han enseñado a ver el mundo de otra manera y valorar las cosas de forma distinta. He aprendido mucho escuchándoles y me han dado las fuerzas necesarias para hacer un proyecto que les ayude antes de que sea demasiado tarde. Estoy aprendiendo de los más valientes.