Laia desde Guatemala

Cuestiones de género

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Fotografía: Pablo Parra

Son las seis y media en Totonicapán pero el sol ya luce amarillo desde un rato atrás. Suena una ducha en la que el agua caliente es, a según el día, una ilusión. Alguien madrugó más que yo, puedo dar dos vueltas más en la cama pero no me puedo entretener: a las siete y media se sirve el desayuno. En Guatemala se madruga, y a pesar de lo que uno pueda pensar desde España el cambio horario favorece la adaptación a la nueva realidad del país, y en pocos días una se encuentra abriendo los ojos al mismo tiempo que canta el gallo. Hoy amanecemos en una cama distinta, en el departamento de Quetzaltenango, donde convivimos durante dos días con los técnicos y técnicas de la asociación Renacimiento, la contraparte que nos acoge aquí. A las siete de la mañana el frío cala en una de las regiones más gélidas del país, pero pronto el sol habrá calentado el ambiente dejando un agradable clima: una de las cosas buenas del trópico son las temperaturas suaves.

    Hoy nos toca dar un taller de género. Hace tan solo un par de meses éramos nosotros los que los recibíamos y ahora nos encontramos en la encrucijada de tener que hacer de facilitadores. Gracias a los conocimientos adquiridos en los últimos meses y a los materiales que nos han facilitado conseguimos preparar un taller que, esperamos, sea de interés para los trabajadores y trabajadoras de la asociación, algunos –algunas- más sensibilizados que otros en el tema que nos ocupa. Y sí, sin duda es de interés, ya que no nos da tiempo de desarrollar ni la mitad de las actividades preparadas: el debate sobre el género en Guatemala puede llevar días y días, y en apenas dos horas tenemos que llegar a alguna conclusión útil.

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Fotografía: Pablo Parra

     En la realización del taller se contraponen algunas ideas como las de un hombre que define a los de su género como los “cabeza de familia” u otro que los considera “conquistadores” o diversas mujeres que creen que lo que más identifica a las suyas es la valentía y la lucha constante. En un abanico tan grande de opiniones es todavía más difícil trabajar, pero también resulta interesante. Sin embargo, cuando empezamos a lanzar argumentos a favor de la equidad de género, no hay nadie que no la defienda ni nadie que no sea consciente de la difícil y desigual situación de la mujer guatemalteca. Así, lo que es necesario es sensibilizarlos para que traten de cambiar esas situaciones, algo que mucho de ellos y ellas hacen a diario, con hechos tan “insignificantes” como dejar de vestir el huipil, traje típico que todavía llevan la inmensa mayoría de las mujeres en este país.

     Algunas de las anécdotas que se ponen sobre la mesa en el debate de género y que nos dejan sin palabras a los facilitadores es que, por ejemplo, una de las participantes explica que cuando aquí nace un niño la matrona cobra más que si lo hace una niña, y que en el primer caso se mata a un gallo y se hace una fiesta, celebración que no se lleva a cabo cuando la que asoma la cabeza es una futura mujer. Otro de ellos nos cuenta que cree que su familia está ahora más concienciada con el género, porque desde hace un tiempo han dejado de contratar sólo a mujeres para trabajar en el campo por el simple hecho de que ellas cobran menos que ellos y les sale más a cuenta. Ahora pagan a los trabajadores por pedido, no por hora, y resulta que ellas son mucho más productivas que ellos: tienen más experiencia y trabajan mucho más rápido.

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Fotografía: Pablo Parra

Para finalizar, cada uno de los allí presentes expone una acción que se podría llevar a cabo para trabajar en pro de la equidad de género, y de verdad sale una lista interesante de propuestas que tal vez algunos y algunas se propongan poner en marcha en algún momento. Ellos también trabajan con mujeres, indígenas además, doblemente castigadas. Son ellas las que más colaboran en las actividades que realizan, especialmente en una dedicada a la mejora de la maternidad y del cuidado de los hijos. En las comunidades a las que vamos nunca se encuentra a un hombre en este tipo de taller, y que los facilitadores y facilitadoras sean conscientes de la importancia de integrar también a los hombres en la crianza de niños y niñas es vital, para no caer en el vicio de alimentar la figura reproductora de la mujer.

Acaba la jornada y a las cinco de la tarde llegamos a Patzún, el tranquilo pueblo que no acoge estos meses. Cuando estamos descargando las cajas y el material, Juan, el señor que definió a los hombres como “cabeza de familia” y quien para explicarse se remitió a pasajes bíblicos, me para y me dice: “El taller estuvo muy bien. Hay mucho trabajo que hacer en ese sentido en este país, gracias”. Y ese simple comentario me provoca una gran felicidad y me llena por dentro: parece que las horas de trabajo han servido para algo. Mañana algunos continuarán sentados en la mesa o viendo la televisión mientras su mujer trabaja en casa y en el campo; tal vez otros, como Juan, se planteen cambiar su forma de actuar y den uno de los pequeños pasos del hombre que contribuyen al gran cambio en la humanidad.

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Fotografía: Pablo Parra

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